viernes, 26 de febrero de 2016

El propósito de la historia en la sociedad. Antonio Jesús Miranda.



A pesar de la Historia, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

  
 Si comenzara mi discurso diciendo que la Historia viene a ser “la disciplina que estudia y narra los acontecimientos pasados y dignos de memoria”, muchos de vosotros alzaríais una ceja y seguramente un hombro, o incluso los dos, según el caso. Y lo entiendo. Si habéis llegado hasta este vídeo, a buen seguro conocéis a la perfección lo que es la Historia. Sin embargo, ¿os habéis preguntado alguna vez para qué sirve?
En mis años de facultad, oí mil veces cómo los profesores nos pedían que hiciésemos preguntas de todo. Nos arengaban a no dar nada por sentado, a cuestionar cada aspecto que se nos presentara, pues ese debía ser el principio fundamental del historiador. Ya el primer día de clase, a todos nos quedó claro qué era la Historia. Para qué servía… bueno, eso no quedó resuelto del todo ni nadie se atrevió a preguntarlo durante toda la carrera. Ni siquiera yo mismo. Todos esperábamos que la viva experiencia nos respondiese por sí sola. Y en efecto, así fue. “La Historia debe servir para que el hombre del presente no repita los errores del pasado”, nos dijeron una vez. Como si fuera tan fácil. Como si nuestra naturaleza como especie no nos empujara una y otra vez a amilanarnos contra la famosa piedra del camino. Como si no llevásemos por bandera el “dejar que los demás se equivoquen y aprendan por sí solos”.
Y aquí estamos: 5000 años después de que el primer sumerio plasmara su realidad en una tablilla de barro, y seguimos matándonos por recursos que perfectamente podrían compartirse, y odiando al vecino porque sus creencias no son iguales que las nuestras. ¿Para qué estamos haciendo Historia entonces? ¿Para qué sirve? Por desgracia no somos médicos y no podemos salvar la vida de nadie. Tampoco somos ingenieros, ni albañiles, ni policías, ni bomberos. Ni siquiera tenemos la suerte de los sacerdotes, pues como decía antes, si la humanidad tuviese que recurrir a la Historia para tener fe en el hombre mismo, lloraría al ver lo poco que hemos aprendido a lo largo de nuestra existencia, a la vez de cuestionarse para qué seguir pensando en lo que viene. ¿Qué podemos los historiadores aportarle al mundo entonces? Ante esta pregunta, me gustaría que pulsaseis el Pause, cerraseis los ojos, y reflexionaseis en silencio la respuesta.
La mía es simplemente una palabra: CULTURA.
La Historia es conocimiento, el pasaporte que muestra cada uno de los sellos que el hombre como especie ha ido ganando a lo largo de su larga travesía por los senderos de los tiempos. Y nosotros, los historiadores, no somos más que el revisor encargado de interpretar esos sellos e intentar darles explicación, siendo conscientes, siempre, de que nunca hicimos ese viaje, y que por lo tanto, nuestra interpretación puede distar muchísimo de la realidad. ¿Qué debemos hacer con ella, pues?
El fin de la Historia, es que la sociedad actual y venidera conozca mejor su pasado y pueda así interpretar mejor su presente, aunque la misma Historia nos diga que nunca será usada para cambiarlo. Y es coherente. ¿O acaso siempre hemos seguido los consejos de nuestros mayores al pie de la letra? Como decía el rey del Pop… “Es la naturaleza humana”.
En cambio, no sirve absolutamente de nada si se descompone en estantes polvorientos, si se discute en aulas vacías, o si amarillea en el cajón cerrado con llave de un despacho universitario. Nuestro deber es repartir la cultura, el conocimiento, no quedárnoslo, ni utilizarlo a nuestro antojo. La Historia debe hacerse por y para la Humanidad. Es su historia -sin mayúscula-, y por tanto, le pertenece.
No obstante, considero que la Historia como ciencia a día de hoy está fracasando, y lo seguirá haciendo mientras todos los avances interesantes que se logren se queden dentro del ambiente universitario, o mientras que un porcentaje tan elevado de escolares la tengan por la asignatura más tediosa del programa. El historiador del siglo XXI debería entristecerse al ver el desconocimiento que tiene la sociedad acerca de su pasado, y aunque esa es su supuesta obligación profesional, apenas lucha para cambiarlo. El academicismo más rancio y obsoleto, que no siempre reside en cabezas canas, ha reducido la Historia a una sarta de pesados volúmenes ininteligibles que aburrirían al más aficionado. En un intento de elevarse por encima de la masa, la han manipulado, acaparado y repartido, como quien le pone vallas al campo, redes al cielo, o murallas al mar. Pobre de aquel historiador que solo busca hacer negocio de la Historia, pues no sabe que tras su mundo imaginario de títulos enmarcados, despacho propio, y palmadas en la espalda, toda labor realizada a lo largo de su carrera no está sirviendo de nada, y se pudrirá sin remedio en las carpetas del olvido.
Hacer Historia divulgativa e incluso divertida, en ningún caso significa arrebatarle su importancia como ciencia. Al contrario, hacerla llegar a la gente es lo que la justifica. El historiador en sus investigaciones está obligado como profesional a seguir meticulosamente el método científico con total seriedad hasta llegar a la tesis que estaba buscando. Sin embargo, una vez concluida su labor y para que sea útil, debe tener la obligación de sacarla de su despacho y hacerla pública de manera que todos puedan tener acceso a ella, escribiendo una Historia atractiva y acorde a los tiempos que corren.... Y es que, dejar de expresarse como en el siglo XIX, para nada conlleva una pérdida de calidad.
Cierto es que nuestra disciplina, desde el otro lado de la zanja que abrió la estúpida clasificación Ciencias/Letras, aún se mira con prepotencia, y en muchos casos, sin respeto alguno, como una pobre madre maltratada por su desagradecida descendencia… Es por ello perfectamente entendible, que el historiador se haya visto en la necesidad de auto-condecorarse con los galones que le pertenecen y que nunca le fueron reconocidos, de profesionalizar su sector, de protegerlo frente a la ignorancia de los que buscan ridiculizarlo o restarle importancia. Pero por contra, ese creo que es el gran lastre para el historiador del presente: el eterno complejo de inferioridad científica. Eso ha hecho que incluso olvide la verdadera finalidad de su ciencia, y en vez de acercarla al pueblo que le pertenece, la haya enrevesado, y enjaulado dentro de un espacio académico-sectario donde poder olvidar tal complejo a base de aplausos regalados. Y quizás eso último lo estén consiguiendo… pero a cambio de, contradictoriamente, volverla completamente inútil.
 El defensor hecho verdugo… ya no sé si pensar que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra a pesar de la Historia, o que la Historia es la única ciencia que tropieza dos veces con el mismo hombre. Ahora ya sabemos qué es y para qué sirve, por lo que solo nos queda preguntarnos cuándo volverá a usarse con sentido. De ti depende. Yo ya estoy en ello.

Antonio J. Miranda. Graduado en Historia y Máster de Estudios Americanos.
Universidad de Sevilla

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